Desde El Laborista, celebramos la reciente propuesta de reducción de la jornada laboral impulsada por Yolanda Díaz. La reducción de la jornada a 37,5 horas semanales es un paso en la dirección correcta, un avance necesario para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora y repartir mejor el empleo en una sociedad cada vez más tecnificada. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, este avance debe ser solo el inicio de una transformación más profunda: la jornada laboral debe reducirse a 35 horas semanales con el horizonte puesto en 30.
La reducción de la jornada laboral no es un capricho ni una demanda nueva. Es la aplicación lógica de un principio fundamental: trabajar menos para que todos podamos trabajar. En una sociedad con niveles de desempleo estructural, repartir el tiempo de trabajo no solo es una cuestión de justicia, sino también de eficiencia económica. No tiene sentido que algunos trabajadores se vean sometidos a jornadas extenuantes mientras otros quedan relegados al desempleo o la precariedad.
Además, una menor jornada laboral se traduce en una mejora de la calidad de vida. No solo implica más tiempo libre para el ocio, el descanso o el desarrollo personal, sino que también reduce los niveles de estrés, mejora la salud mental y permite una mayor conciliación familiar. La productividad no debe medirse en función del número de horas pasadas en el puesto de trabajo, sino en los resultados obtenidos. Diversos estudios han demostrado que jornadas más cortas incrementan la eficiencia y la satisfacción de los trabajadores, lo que redunda en un beneficio general para la sociedad.
Por otro lado, el desarrollo tecnológico y la automatización han aumentado exponencialmente la capacidad productiva de las empresas. Sin embargo, en lugar de traducirse en una liberación del trabajador, lo único que ha conseguido es aumentar la acumulación de riqueza en manos de la élite económica. La productividad ha crecido, pero los beneficios de ese crecimiento han ido a parar a la clase millonaria, mientras la clase trabajadora sigue sometida a ritmos laborales propios de hace décadas. Va siendo hora de que el progreso tecnológico signifique más tiempo libre para los trabajadores, no más beneficios para los de siempre.
La lucha por la reducción de la jornada laboral es la lucha por un mundo donde el bienestar de la mayoría no esté subordinado a los intereses de unos pocos. Desde El Laborista, seguiremos impulsando este debate y exigiendo que la reducción del tiempo de trabajo sea una prioridad en la agenda política y social. La historia del movimiento obrero nos ha enseñado que los derechos no se conceden, se conquistan. Y esta será una de nuestras conquistas.


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